El Dios que Sana las Heridas

“Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.” Salmo 147:3

Palabra original: rapha (רָפָא) – sanar, restaurar, traer curación completa, devolver a un estado de plenitud.

Reflexión

Las heridas del alma son más difíciles de reconocer que las del cuerpo, pero muchas veces son las que más pesan y más tiempo tardan en sanar. El rechazo, la traición, la pérdida de un ser querido, los fracasos acumulados, las palabras hirientes que escuchamos en el pasado… todo esto deja cicatrices profundas en nuestro corazón. Aunque podamos sonreír hacia afuera, por dentro podemos estar rotos, cargando un dolor que nadie más ve.

En medio de esa realidad, la Escritura nos muestra a Dios como Rapha, el que sana. No se trata solo de un médico que observa la herida, sino de un Padre amoroso que desciende hasta lo más profundo de nuestro dolor para vendar, restaurar y devolver vida. Lo que para otros es invisible, para Él es evidente. Lo que nadie puede tocar, Su mano lo alcanza. Y lo que creemos perdido para siempre, Él lo hace nuevo.

A diferencia de la medicina humana, que muchas veces alivia síntomas pero no siempre cura del todo, la sanidad de Dios es completa. Él no solo sana el corazón quebrantado, sino que también transforma la herida en testimonio. Ese lugar donde antes había dolor puede convertirse en fuente de consuelo para otros, porque lo que Dios toca no solo se restaura: florece.

El Salmo 34:18 confirma esta verdad: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.” Cuando nos sentimos solos en nuestro dolor, debemos recordar que el Dios de toda consolación está más cerca de lo que imaginamos. Él no huye de nuestro quebranto, al contrario, se acerca para levantar a los que se sienten incapaces de seguir.

Aprender a confiar en la sanidad de Dios implica rendirle incluso las heridas que guardamos en silencio. Implica abrirle el corazón, aunque duela, para que Su amor entre como bálsamo. Cuando lo hacemos, descubrimos que ninguna herida es demasiado profunda para Su poder, ni demasiado antigua para Su gracia. El tiempo no sana por sí mismo, es Dios quien, con Su presencia, sana, restaura y da un propósito nuevo a lo que fue quebrado.

Oración

Señor amado, hoy vengo delante de Ti con mi corazón abierto. Tú conoces mis heridas, las que muestro y las que oculto, las que me han acompañado por años y las que todavía sangran en silencio. Te pido que me toques con Tu amor y que pongas Tu bálsamo en cada área de mi vida que necesita restauración.

Gracias porque no me rechazas en mi dolor, sino que te acercas a mí para levantarme. Hazme experimentar la sanidad que solo Tú puedes dar, una sanidad completa que no solo alivia, sino que restaura.

Padre, convierte mis cicatrices en testimonio de Tu fidelidad, y que mi vida pueda reflejar que Tú eres el Dios que sana de verdad. Que donde hubo ruina, ahora haya plenitud; que donde hubo llanto, ahora haya gozo; y que en cada herida sanada se vea el poder de Tu gracia. Amén.

Inicia sesión para completar el devocional y ganar puntos.

Artículos relacionados

Respuestas

Responder a Melissa Julio

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cancelar la respuesta