El Dios que Viste de Belleza lo Marchito

“Para dar a los afligidos de Sión gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alabanza en lugar del espíritu angustiado…” Isaías 61:3
Pā’ar (פָּאַר) – embellecer, adornar, dar esplendor, cubrir con dignidad y honra.
Reflexión:
El corazón humano conoce el dolor, la pérdida y el quebranto. Hay temporadas en las que todo parece marchitarse, donde los sueños se vuelven cenizas y las fuerzas se apagan. Sin embargo, en medio de ese paisaje desolado, aparece la voz del Dios que vuelve hermoso lo que parecía irreparable. Su gracia no ignora nuestras ruinas, sino que las toca, las redime y las reviste de propósito eterno.
Isaías anuncia una promesa que no se limita a una restauración emocional: es un acto divino de transformación. Dios no solo quita la ceniza, sino que en su lugar coloca una corona de gloria. Él no tapa el dolor, lo redime; no disimula la pérdida, la convierte en testimonio. Las cenizas representan lo que fue consumido, lo que ya no tiene forma ni valor humano, pero es justamente allí donde Su poder creador actúa.
Cuando la presencia de Dios se acerca, lo marchito florece. El alma que lloraba se convierte en instrumento de alabanza; el que estaba cubierto de luto ahora irradia gozo. Dios no restaura para volver al punto de inicio, sino para elevarnos a un estado de mayor plenitud y belleza espiritual. Cada herida sanada se transforma en un reflejo de Su fidelidad; cada lágrima derramada riega el suelo donde brota nueva vida.
El Señor viste de belleza porque Él mismo es belleza. Donde antes hubo vergüenza, ahora hay dignidad; donde reinó la desesperanza, ahora habita Su luz. El proceso no siempre es rápido ni fácil —requiere rendición y fe, pero Su promesa es segura: nada que haya pasado por Su fuego quedará destruido, solo purificado. La historia que parecía acabada se convierte en un poema que glorifica Su poder transformador.
Así es el carácter de nuestro Dios: toma lo que el mundo desprecia, lo que nadie valora, y lo reviste de Su gloria. Cuando dejamos que Él escriba sobre nuestras cenizas, descubrimos que la belleza verdadera no proviene de la ausencia de dolor, sino de un corazón restaurado por Su amor.
Oración:
Señor, toma mis cenizas y revístelas con Tu gloria. Transforma mis ruinas en propósito y haz que cada marca de mi pasado sea un reflejo de Tu gracia eterna.
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Amén amén Aleluya