El Dios que Sustenta en el Silencio Profundo

“En Dios solamente espera en silencio mi alma; de Él viene mi salvación.” Salmo 62:1
dūmiyyāh (דּוּמִיָּה) – silencio reverente, calma que se rinde, quietud que nace de la confianza y no de la huida.
En hebreo, no es un silencio vacío, sino un silencio habitado, un descanso profundo donde el alma no lucha, solo espera.
Reflexión:
Existen silencios que consuelan… y existen silencios que duelen.
Hay un silencio que viene de la paz, pero hay otro que nace del desgaste, del corazón que ya no encuentra palabras, del alma que se cansó de explicar, justificar o resistir.
Ese silencio profundo, el que nadie ve, el que nadie entiende, es el lugar donde Dios elige sostenerte.
El salmista no habla de un silencio pasivo, sino de un silencio entregado, donde el alma deja de luchar con sus propias fuerzas y se apoya totalmente en Dios.
Es el silencio de quien dice:
“Ya no tengo respuestas, pero aún tengo confianza.”
Cuando el ruido interior aumenta, ansiedad, recuerdos, inseguridades, voces que acusan, Dios no se aleja. Al contrario, Él se acerca.
Él no exige discursos, oraciones largas o frases hermosas.
Para Dios, el silencio quebrado de un corazón sincero es una oración completa.
Es en ese silencio profundo donde Dios endereza lo torcido, sana lo herido y reorganiza aquello que tú no sabes por dónde empezar.
Muchas veces, cuando piensas que Dios está en silencio…
en realidad, es Él quien está trabajando mientras tú callas.
La quietud no es ausencia de Dios, es Su invitación.
El silencio que parece abandono, casi siempre es preparación.
Cuando tú no sientes nada, Él sostiene todo.
Cuando tú no oyes nada, Él está hablando por caminos que tu alma aún no percibe.
Cuando tú no tienes fuerzas, Él se convierte en tu fuerza.
El silencio profundo no te separa de Dios;
te coloca en Su regazo.
Oración:
Señor, sostén mi alma en el silencio.
Acalla el ruido que me desgasta.
Encuéntrame donde ya no tengo palabras.
Y haz de este silencio un lugar de sanidad.
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Amén.