El Dios que Sana las Heridas Invisibles

“Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas.” Salmo 147:3

rāpā’ (רָפָא)restaurar, reparar completamente, devolver algo a su estado original de plenitud.
En hebreo, rāpā’ no se limita a curar un síntoma, sino a restaurar la totalidad del ser: cuerpo, alma y espíritu. Es la misma palabra usada cuando Dios se presenta como Yahveh-Rafa, “el Señor tu Sanador” (Éxodo 15:26). Implica una obra profunda, no cosmética; una sanidad que penetra hasta los lugares donde nadie más puede llegar.

Reflexión:
Hay heridas que el cuerpo no muestra, pero que sangran en silencio dentro del alma. Palabras que marcaron, traiciones que fracturaron, ausencias que dejaron vacíos que el tiempo no logró llenar. Sin embargo, el tiempo no es el sanador, Dios lo es.
Él no ignora las grietas del corazón; las visita. No con reproche, sino con ternura. Cuando Dios toca lo que está roto, no solo quita el dolor: restaura el diseño original. La sanidad divina no consiste en olvidar el pasado, sino en redimirlo.
Cada cicatriz puede volverse un altar donde Su fidelidad queda registrada. Lo que antes fue herida, bajo Su toque, se convierte en historia de gracia. Jesús resucitó con sus cicatrices, no las ocultó, porque eran la evidencia del amor que sana.

Si hoy sientes que hay zonas de tu alma que aún duelen, no huyas: preséntalas ante el Médico eterno. Él no se escandaliza de tus fracturas; las transforma en testimonio. Porque el mismo Dios que sana los cuerpos, también repara los corazones que ya no saben sentir.

Oración:
Señor, toca mis heridas ocultas con tu amor.
Restaura lo que el dolor destruyó.
Convierte mis cicatrices en testimonio de tu gracia.
Haz que mi alma vuelva a latir contigo.

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