El Dios que Rompe el Silencio

“Vendrá nuestro Dios, y no callará.” Salmo 50:3

Hārash (חָרַשׁ) – callar, guardar silencio, detener la palabra por un propósito; implica una pausa intencional, no de ausencia, sino de soberanía.

Reflexión:
Hay momentos en la vida del creyente en los que el silencio de Dios pesa más que cualquier palabra humana. Son temporadas en las que oramos y no escuchamos respuesta, buscamos señales y solo encontramos quietud. El alma clama: “¿Dónde estás, Señor?”, y parece que el cielo no responde. Pero el silencio de Dios nunca es descuido ni abandono; es una herramienta divina de formación.

El verbo hebreo ḥārash no describe un silencio vacío, sino uno cargado de propósito. Es el silencio del escultor que observa su obra antes de dar el golpe final. Es el silencio de quien prepara algo más grande de lo que el ojo puede ver. Cuando Dios calla, no deja de actuar; simplemente obra en otra dimensión, donde nuestros sentidos no alcanzan todavía.

En el Salmo 50, el salmista declara con firmeza: “Vendrá nuestro Dios, y no callará.” Es una afirmación de esperanza: el Dios que calla por un tiempo es el mismo que romperá el silencio con poder. En la Biblia, cada silencio divino precede una intervención sobrenatural. Antes del nacimiento de Samuel, hubo años de esterilidad en el templo. Antes de la voz de Juan el Bautista, Israel soportó 400 años sin profetas. Antes de la resurrección, hubo tres días de sepulcro y aparente derrota. Pero cuando Dios rompe el silencio, lo hace con gloria.

A veces el silencio de Dios no es prueba de Su ausencia, sino evidencia de Su confianza. Él sabe que hay procesos que solo se entienden en retrospectiva. En Su silencio, Dios nos enseña a escuchar de otra manera: no con los oídos del cuerpo, sino con los del alma. En esos momentos, Su voz se esconde en los detalles en una paz que no entendemos, en una puerta que se cierra, en un abrazo que llega en el momento justo.

El silencio de Dios purifica la fe, desnuda la intención del corazón y nos enseña que no lo seguimos por Sus respuestas, sino por Su presencia. Si Dios hablase siempre, dependeríamos de Su voz audible, no de Su carácter eterno. Por eso, a veces calla: para que recordemos que Su Palabra ya fue dicha, y Su promesa sigue viva.

Y cuando el tiempo del silencio termina, Dios rompe el cielo con una palabra que cambia la historia. Él no llega tarde, llega cuando el alma está lista para escuchar. Entonces, lo que parecía demora se revela como diseño; lo que parecía vacío se llena de sentido. Su voz no solo responde, sino que redime los años de espera.

En esos momentos, comprendemos que cada oración no fue ignorada, sino guardada; cada lágrima fue registrada; cada noche de incertidumbre fue escenario de preparación. El silencio divino no es un fin, sino una transición entre lo que fue y lo que está por venir.

Cuando Dios calla, afina tu oído. Cuando hable, todo cobrará sentido.

Oración:
Señor, enséñame a confiar en Tu silencio y a no temer la quietud. Que mi corazón descanse en la certeza de que, aun cuando no hablas, sigues obrando. Y cuando rompas el silencio, que mi alma esté lista para escuchar y obedecer.

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