El Dios que Nos Sostiene con Promesas

“No ha faltado palabra de todas las buenas promesas que Jehová vuestro Dios había dicho.” Josué 23:14
dābār (דָּבָר) – palabra viva, decreto firme, expresión de la voluntad divina que no puede quedar vacía.
Reflexión:
Las promesas de Dios no son frases decorativas; son decretos eternos que llevan en sí la fuerza de Su cumplimiento. Cada palabra que sale de Su boca tiene vida propia, dirección y propósito. El dābār de Dios no se desvanece con el tiempo, ni depende de las circunstancias: cuando Él habla, el universo se acomoda a Su voluntad.
Josué, al final de su vida, miró atrás y pudo testificar algo profundo: “No ha faltado ni una palabra.” Había atravesado desiertos, guerras, pérdidas y victorias, pero ninguna promesa había caído al suelo. Todo lo que Dios dijo, cumplió.
A veces, las promesas parecen tardar porque el proceso debe prepararnos para recibirlas. No es Dios quien se retrasa; somos nosotros quienes somos moldeados. Su fidelidad no se mide por nuestra impaciencia, sino por Su perfecta sabiduría.
El dābār divino no envejece ni caduca. Lo que Él habló sobre ti sigue vigente, aunque los años hayan pasado. Su promesa sigue respirando, esperando el momento preciso para manifestarse. Cuando la fe se cansa, las promesas de Dios son el recordatorio de que aún hay un propósito en marcha.
En medio de la incertidumbre, Su palabra es el sustento invisible que mantiene el alma firme. Es el ancla que impide que el corazón naufrague en la tormenta. Creer en Sus promesas no es negar la realidad, sino afirmar que hay una realidad superior: la fidelidad de un Dios que no miente.
Cada promesa de Dios lleva una semilla de esperanza y un tiempo de cumplimiento. No se trata de si Dios lo hará, sino de cuándo lo hará. Y cuando llega ese “cuándo”, entendemos que valió la pena cada segundo de espera.
Oración:
Señor, afírmame en tus promesas y hazme esperar en tu fidelidad. Que mi corazón no dude, aunque mis ojos no vean aún el cumplimiento.
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