El Dios que Nos Llama por Nombre

“Ahora, así dice Jehová, tu Creador, oh Jacob, y tu Formador, oh Israel: No temas, porque Yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.” Isaías 43:1

qārā’ (קָרָא)llamar, convocar, proclamar algo con intención y propósito; pronunciar el nombre de alguien para asignarle identidad y destino.
En el hebreo, qārā’ no significa solo “decir un nombre”, sino invocar una esencia, despertar un propósito. Cuando Dios llama por nombre, no está recordando quién fuiste, sino declarando quién realmente eres en Su diseño eterno.

Reflexión:
Desde el principio, Dios ha usado el nombre como una expresión de identidad espiritual. En la creación, Él “llamó” (qārā’) a la luz “día” y a las tinieblas “noche”. Ese mismo verbo aparece cuando llama a Abraham, a Moisés, a Samuel o a María. Cada vez que Dios llama, no busca atención, sino alineación.

Dios no pronuncia tu nombre para informarte algo, sino para despertar lo que depositó en ti. El mundo puede etiquetarte por tus errores, pero el Creador te nombra por tu destino. Cuando Él dice “mío eres tú”, está haciendo una declaración legal y espiritual: perteneces a Su propósito, no a tu pasado.

Su llamado es restaurador. Él no te llama por lo que los demás ven, sino por lo que Él formó. Antes de que Israel saliera del cautiverio, Dios los recordó: “Yo te creé, Yo te formé, Yo te redimí, Yo te puse nombre.” Cada verbo refleja una etapa del proceso de identidad. En cada vida, Dios también sigue ese orden: primero crea, luego forma, luego redime y, finalmente, llama.

Tal vez tu alma ha estado perdida entre voces que te hicieron olvidar quién eras. Pero cuando Dios te llama, Su voz atraviesa el ruido. Te busca en la confusión y te devuelve al origen. Cada vez que pronuncia tu nombre, el cielo reafirma tu propósito, aunque la tierra lo haya olvidado.

Samuel escuchó su nombre en medio de la noche. María escuchó el suyo junto al sepulcro. En ambos casos, una sola palabra cambió todo: Samuel pasó de dormir a oír a Dios; María pasó de llorar a reconocer al Resucitado. Así también, cuando Dios pronuncia tu nombre, algo despierta: la identidad resucita.

Si hoy te sientes sin rumbo, recuerda: no necesitas que el mundo te aplauda, solo que Dios te llame. Y cuando Él lo hace, el alma responde como Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha.”

Oración:
Padre, llámame por mi nombre una vez más.
Hazme recordar quién soy en Ti.
Rompe las voces que distorsionan mi identidad.
Y guíame al propósito eterno que declaraste sobre mí.

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