El Dios que No Apaga la Esperanza Débil

“No apagará el pábilo que humea.” Isaías 42:3

kābah (כָּבָה) — apagar por completo, extinguir hasta el último rastro de fuego.
En el hebreo, la idea es eliminar incluso la mínima señal de vida. El texto afirma que Dios no hace eso: Él protege lo que apenas sobrevive.

Reflexión:
Hay momentos en que la esperanza ya no arde; solo humea. No hay llama visible, no hay fuerza para creer con convicción, solo un resto frágil que insiste en no morir. Para muchos, eso parece insuficiente. Para Dios, es sagrado.

El pábilo que humea representa una fe cansada, golpeada por demoras, decepciones y oraciones que parecieron no recibir respuesta. No es una fe triunfante; es una fe exhausta. Y aun así, Dios no la apaga. Él no exige que vuelvas a arder con intensidad antes de acercarte. Se acerca precisamente porque la llama es débil.

Dios no trata la fragilidad como fracaso. Él sabe que el fuego verdadero no siempre ruge; a veces sobrevive en silencio. Mientras otros soplan para apagar lo poco que queda, Dios cubre con Su mano para que el viento no destruya la brasa. Su misericordia no humilla la fe débil; la preserva hasta que vuelva a encenderse.

Donde tú ves “casi nada”, Dios ve el punto exacto desde donde puede volver a soplar vida. La esperanza no se mantiene viva por su fuerza, sino por Aquel que la guarda. Y en las manos de Dios, incluso la fe que apenas humea tiene futuro.

Oración:
Señor, cuida la esperanza que apenas sobrevive en mí.
Protégela cuando me falten fuerzas.
Aviva lo que aún no ha muerto.
Confío en Tu ternura.

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