El Dios que Habita el Silencio

“En Dios solamente está acallada mi alma; de Él viene mi salvación.” Salmo 62:1
dāmām (דָּמַם) — quedar en quietud profunda, callar sin tensión, cesar el ruido interior sin huir.
No es un silencio forzado, sino una quietud nacida de la confianza, donde el alma deja de defenderse.
Reflexión:
No todo silencio es ausencia; algunos silencios están llenos de Dios. Vivimos rodeados de voces, exigencias y respuestas inmediatas, y el alma aprende a sobrevivir haciendo ruido. Pero Dios no se revela en la prisa interior, sino en la quietud que confía. El salmista no dice que su alma se calmó sola, sino que solo en Dios encuentra reposo.
El silencio espiritual no es resignación, es rendición. Es el momento en que el alma deja de luchar por controlar y aprende a descansar en Aquel que gobierna. Dios no siempre responde con explicaciones, porque muchas veces lo que el corazón necesita no es información, sino presencia. En el silencio, la fe se purifica, la ansiedad pierde poder y el corazón vuelve a su centro.
Cuando el alma se acalla en Dios, no porque todo esté resuelto, sino porque Él está presente, comienza una sanidad profunda. El ruido interno se apaga cuando la confianza ocupa su lugar.
Oración:
Señor, acalla el ruido de mi interior.
Enséñame a descansar en Tu presencia.
Cuando no entienda, elijo confiar.
Aquí permanezco en Ti.
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