El Dios que Guarda Tus Lágrimas

“Mis lágrimas has puesto en tu redoma; ¿no están ellas en tu libro?” Salmo 56:8

Dim‘āh (דִּמְעָה) – lágrima, derramamiento del alma; expresión visible de un clamor interior que solo Dios puede interpretar.

Reflexión:
Las lágrimas son el lenguaje más puro del alma. No necesitan palabras, pero hablan con una elocuencia que el cielo entiende. En este salmo, David huye de sus enemigos, solo, traicionado y cansado. Sin embargo, en medio de su angustia descubre algo asombroso: Dios cuenta sus lágrimas. No las ignora, no las desprecia, sino que las guarda con ternura divina, como quien conserva algo precioso.

En el mundo antiguo, las lágrimas se guardaban en pequeñas redomas, frasquitos de vidrio que se colocaban junto a los sepulcros como símbolo de dolor y amor. Cuando David dice que Dios guarda sus lágrimas, está usando una imagen profundamente íntima: cada gota de sufrimiento es recogida y preservada por las manos del Creador. Ninguna se pierde en el polvo del tiempo.

El término hebreo dim‘āh no se refiere solo a lágrimas físicas, sino al desbordamiento del alma ante la presencia de Dios. Es el llanto que brota cuando las palabras no bastan, cuando la carga es tan pesada que el espíritu se derrama. Dios no solo registra esos momentos; los convierte en parte de Su historia con nosotros. Cada lágrima, en Su plan, es semilla de propósito.

Dios no desprecia el llanto de Sus hijos; lo transforma. Donde otros ven debilidad, Él ve entrega. Donde otros escuchan lamentos, Él oye adoración. Las lágrimas que caen en Su presencia no son señales de derrota, sino de fe porque llorar delante de Dios es una forma de decir: “Aun con el corazón roto, sigo creyendo.”

El llanto puede parecer silencioso, pero en el cielo tiene sonido. Es el eco de un alma que confía aunque no entiende. Y ese eco no se apaga: queda registrado en “Su libro”, la memoria divina donde cada detalle de nuestra historia es preservado. Allí, las lágrimas no solo son contadas, sino interpretadas y respondidas en Su tiempo.

Dios promete que un día enjugará toda lágrima (Apocalipsis 21:4), pero mientras llega ese día, las guarda como recordatorio de Su compasión activa. No son lágrimas desperdiciadas, sino depositadas como ofrendas de fe en las manos de Aquel que puede transformarlas en gozo.

A veces pensamos que llorar es señal de falta de fe, pero la Escritura muestra lo contrario. Jesús mismo lloró. Su llanto sobre Jerusalén y ante la tumba de Lázaro revela el corazón de un Dios que siente profundamente. Si Él, siendo perfecto, lloró, ¿cuánto más se acercará a nosotros cuando lo hacemos?

Tus lágrimas tienen propósito. Algunas riegan las semillas de algo nuevo; otras limpian los ojos del alma para que veas con más claridad. Pero todas sin excepción son contadas por Dios. Él no olvida ni una sola. Y cuando llegue el día de la restitución, cada lágrima derramada en secreto se convertirá en testimonio público de Su fidelidad.

Por eso, si hoy lloras, hazlo delante de Aquel que convierte el dolor en promesa. En Su presencia, las lágrimas no significan final, sino comienzo.

Oración:
Padre amoroso, gracias porque recoges cada lágrima que derramo. Que mi llanto sea semilla de fe y esperanza. Convierte mi dolor en propósito y mi quebranto en adoración.

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