El Dios que Guarda el Latido

“Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” Salmo 73:26
lēḇāḇ (לֵבָב) – corazón interior, centro profundo de la persona; sede de las emociones, de la voluntad, de la conciencia y de las decisiones.
En hebreo, no se refiere solo al órgano físico, sino al lugar donde se define la vida misma.
Reflexión:
Hay momentos en los que el corazón se cansa antes que el cuerpo.
Late, pero con miedo.
Sigue, pero sin fuerzas.
Continúa, pero con grietas invisibles que nadie más percibe.
El salmista no disfraza su estado: reconoce que su carne y su corazón desfallecen. Hay desgaste real, cansancio emocional, fragilidad interna. Pero en medio de esa confesión nace una verdad que sostiene todo el texto: cuando el corazón falla, Dios no falla.
Lēḇāḇ nos recuerda que Dios no cuida solo la superficie de tu vida; Él guarda el centro.
Guarda el lugar donde se toman las decisiones más difíciles.
Guarda el espacio donde nacen los temores que no se dicen.
Guarda el punto exacto donde la fe parece latir más débil.
Dios no observa tu corazón desde lejos; Él se convierte en la roca de tu corazón.
Cuando tus emociones pierden estabilidad, Él se vuelve firmeza.
Cuando la esperanza tiembla, Él se vuelve ancla.
Cuando el latido parece irregular, Él sostiene cada pulso con Su fidelidad.
Hay temporadas en las que no necesitas explicaciones, respuestas ni soluciones inmediatas.
Solo necesitas que alguien guarde tu corazón mientras sanas.
Y eso es exactamente lo que Dios promete hacer.
Él no deja que tu corazón muera en el desánimo.
No permite que el dolor tenga la última palabra.
No abandona el latido más frágil.
Cuando ya no tienes fuerza para sentir, Dios siente por ti.
Cuando ya no puedes sostenerte, Dios se vuelve tu porción.
Y cuando todo lo demás falla, Él permanece para siempre.
Oración:
Señor, guarda mi corazón cansado.
Sostén cada latido en mi debilidad.
Sé mi roca cuando falten fuerzas.
Y mi porción eterna en todo tiempo.
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Amén