El Dios que Enjuga las Lágrimas

“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.” Apocalipsis 21:4

Palabra original: ekmáphō (ἐκμάφω) – enjugar, limpiar con cuidado, quitar con ternura lo que causa aflicción.

Reflexión

Las lágrimas son un lenguaje universal. Hablan del dolor, de la pérdida, de la angustia y de las cargas que muchas veces no sabemos expresar con palabras. La Escritura nos recuerda que Dios no es indiferente a nuestras lágrimas. Desde el principio, Él ha mostrado ser un Padre cercano que guarda cada lágrima en Su redoma (Salmo 56:8). Pero en Apocalipsis 21:4 se nos revela la consumación de esa promesa: llegará un día en que Dios mismo enjugará definitivamente cada lágrima de nuestros ojos.

El término griego ekmáphō transmite la imagen de una mano que cuidadosamente seca los ojos de alguien que llora. No es un acto distante, sino íntimo, tierno y cercano. Dios no solo quitará el dolor de forma general, sino que atenderá a cada hijo de manera personal, limpiando cada lágrima derramada a lo largo de la vida. Esta imagen revela la profundidad del amor de Dios y la esperanza gloriosa de la nueva creación.

La promesa de Apocalipsis es que habrá un final definitivo para el sufrimiento humano: no más muerte, no más llanto, no más dolor. Todo lo que hoy nos hiere será pasado, y la plenitud eterna de la presencia de Dios reemplazará cada sombra con luz. Esa esperanza no elimina nuestro dolor presente, pero sí nos da fuerzas para soportarlo, porque sabemos que no es eterno. Las lágrimas que derramamos hoy son temporales, pero el gozo que nos espera en Cristo es para siempre.

Vivir con esta esperanza nos ayuda a mirar más allá de la aflicción momentánea. Nos recuerda que no estamos destinados a un ciclo infinito de pérdidas, sino a una vida eterna donde Dios mismo restaurará todas las cosas. Cada herida será sanada, cada ausencia será consolada y cada lágrima será transformada en alegría eterna.

Mientras ese día llega, podemos descansar en el Dios que ya ahora consuela y fortalece. Aun en medio del valle, Él se acerca con Su Espíritu para darnos paz, y nos asegura que nuestras lágrimas nunca son en vano, porque apuntan a la gloria venidera.

Oración

Padre, gracias porque guardas cada lágrima y prometes enjugar mis ojos para siempre. Dame esperanza en medio del dolor presente y hazme vivir confiado en la gloria eterna que me espera en Ti. Amén.

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