El Dios que Enciende el Corazón

“¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino?” Lucas 24:32
kaio (καίω) – arder, encender, inflamar con pasión, despertar una llama interior que purifica, ilumina y transforma.
Reflexión:
Después de la crucifixión, los discípulos que caminaban hacia Emaús estaban llenos de tristeza, confusión y desilusión. Sus sueños parecían apagados y su fe debilitada. Sin embargo, cuando Jesús resucitado se acercó a ellos, aunque no reconocieron Su rostro, Su palabra encendió algo dentro de sus corazones. No fue una emoción pasajera, sino una llama que devolvió la vida a su esperanza.
Este fuego interior es una obra divina. No lo produce el esfuerzo humano ni la emoción superficial, sino la presencia viva del Cristo resucitado. Cuando Él habla, la frialdad espiritual se derrite y la duda se transforma en fe ardiente. El verbo griego kaio usado aquí no solo significa “arder”, sino “arder continuamente”, como una llama que no se apaga. Así es el efecto de la Palabra viva en un corazón que la recibe con humildad.
El corazón del hombre fue diseñado para arder, no para vivir tibio. Dios no nos llamó a una fe inerte, sino a una fe encendida. Cuando el fuego del Espíritu toca el alma, el cristianismo deja de ser rutina y se convierte en relación. Donde hay fuego, hay vida, dirección y poder. Pero ese fuego no se enciende con palabras humanas, sino con comunión profunda con Aquel que es la Luz del mundo.
El fuego de Dios no solo calienta: purifica, guía y consume lo que no pertenece. Así como el fuego en el altar nunca debía apagarse (Levítico 6:13), el fuego del amor por Cristo debe mantenerse encendido día y noche. Cada momento de oración, cada encuentro con Su Palabra, cada acto de obediencia, alimenta esa llama sagrada.
Muchos caminan como los de Emaús: con conocimiento, pero sin fuego; con teología, pero sin pasión. Jesús no los reprendió, sino que caminó con ellos, habló con ellos y encendió su corazón. Eso sigue ocurriendo hoy. Él se acerca a los que dudan, no para condenarlos, sino para reavivar la fe que el cansancio apagó.
Cuando el corazón arde, los ojos se abren. Aquellos discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, símbolo de comunión y revelación. Lo que el fuego empezó, la comunión completó. Y una vez que el fuego del Espíritu enciende el alma, ya no hay vuelta atrás. Quien ha sentido ese ardor santo no puede volver a conformarse con una vida sin presencia, porque ha probado el calor del Dios vivo.
Ese fuego no se apaga con la adversidad; al contrario, las pruebas lo avivan. La llama de la fe crece en el viento de la oposición. Por eso, no temas si la vida sopla fuerte sobre ti: Dios usa ese mismo viento para avivar la pasión por Su presencia.
Deja que Cristo camine contigo hoy, que hable a tu corazón y lo encienda de nuevo. No te conformes con una fe fría. Ora, adora, medita, y permite que Su Palabra te haga arder otra vez. Porque cuando el corazón vuelve a arder, el alma vuelve a vivir.
Donde hay fuego, hay propósito. Donde hay llama, hay presencia. Donde arde Cristo, hay transformación.
Oración:
Jesús, enciende mi corazón con Tu Palabra. Que el fuego de Tu amor consuma mi apatía y renueve mi fe. Hazme caminar ardiendo de pasión por Ti cada día.
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