El Dios que Camina con el Que Duda

“Creo; ayuda mi incredulidad.” Marcos 9:24
boēthéō (βοηθέω) — acudir con prontitud al auxilio, correr al llamado del que está en peligro, sostener cuando la fuerza propia ya no alcanza.
No es ayuda distante, sino intervención inmediata y compasiva.
Reflexión:
La duda no es la ausencia total de fe, es muchas veces el lenguaje de un corazón cansado que no quiere fingir. El hombre que pronuncia estas palabras no es rechazado por Jesús; es escuchado. En la presencia de Dios, la fe no necesita ser perfecta, necesita ser verdadera.
Dios no camina solo con los que tienen respuestas claras, sino con los que se atreven a confesar su fragilidad. La incredulidad reconocida no cierra el cielo; lo abre. Porque la gracia no se activa por la seguridad, sino por la dependencia. Cuando la fe se siente insuficiente, Dios no se aparta: se acerca.
Jesús no corrige la frase del padre, responde a su clamor. Allí donde la fe tiembla, Él se convierte en sostén. La fe imperfecta, cuando se entrega, se transforma en punto de encuentro con el poder de Dios. No es la fuerza de tu creencia lo que te mantiene de pie, es la fidelidad de Aquel en quien decides confiar aun con dudas.
Oración:
Señor, aquí está mi fe frágil.
Ayúdame donde ya no alcanzo.
Sostén mi duda con Tu gracia.
Creo en Ti, no me sueltes.
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Gracias Señor, porque sé que nunca me soltaras, Amén y Ameeeeen.